Welcome to the Inopia.

Más allá de Orión, la Puerta de Tanhauser, los Cerros de Úbeda, la cara oculta de la luna, Babia y más lejos todavía de donde Cristo perdió el gorro andan a la deriva, o más bien naufragan, mis pensamientos y reflexiones sobre las más que recalentada realidad que nos abrasa todos los días. Por eso, cuando todo se emborrona y pareciera que nada tiene sentido, me exilio en la Inopia, lugar donde encuentro el hilo de Ariadna al que agarrarme si quiero encontrar la salida del laberinto.


Sitio desnuclearizado

martes, 28 de mayo de 2013

EL CORREDOR DE FONDO.



Amanece soleado, mejor que ayer que tuve que hacer el entrenamiento con lluvia. Aunque estoy acostumbrado a las inclemencias meteorológicas prefiero el buen tiempo, me va más el calor que el frío.

Comienzo a calentar, dos o tres kilómetros a ritmo suave antes de aumentar la intensidad de la carrera. Esquivo algún charco que quedó después de la lluvia caída. Las calles están hechas una verdadera porquería. Alguien debería de preocuparse por arreglarlas de una puta vez, pero con eso de la crisis y los recortes no debe haber dinero ni para cambiar una jodida baldosa. También están las mierdas de perro. Hay que mirar bien donde pisas no vayas a llevarte una pegada a tu zapatilla. Las mías son Nike, me las compré para preparar este maratón y lo último que querría es que se pringasen de mierda de perro.

Mi pulsómetro Garmin me marca un ritmo de cuatro minutos y cinco segundos el kilómetro pero no marca las pulsaciones. Qué raro, no me habré colocado correctamente la banda transmisora en mi pecho. Da igual,  voy a tope y eso es lo que importa. Llevo recorridos diez kilómetros, me faltan cuatro para dar por finalizado el entrenamiento de hoy. Giro mi cabeza cuando pasa una tía corriendo en dirección contraria. Está bastante buena. Lleva auriculares en sus orejas ¿qué música estará escuchando? Seguro que cualquier mierda moderna de ahora. A mí no me gusta escuchar música mientras corro. Debo estar concentrado en lo que hago y la música me distraería.

Me dispongo a hacer un último esfuerzo en el sprint que suelo realizar cuando finalizo el recorrido. Pondré mi corazón a ciento ochenta pulsaciones durante unos cuatrocientos metros. ¡Mierda! el pulsómetro sigue fallando. Da igual, me guiaré por el ritmo de carrera.

Noto como mi cuerpo avanza sin resistencia. Nunca me sentí tan bien a máximo esfuerzo. Parece que volara. Mis zancadas son perfectas. No siento nada, solo corro como si me persiguiera un rayo. Sí, sin duda nunca me sentí así hasta ahora. Es el sprint perfecto, el entrenamiento perfecto. Creo que he llegado al punto óptimo de rendimiento. A partir de aquí todo va ser más fácil.

Termino por fin. Recorro uno metros caminando para relajar los músculos, aunque esta vez no lo necesito, antes de pararme donde siempre a efectuar los estiramientos. Vuelvo a mirar el pulsómetro. Marca cero pulsaciones. Llevo varios días haciendo el mismo entrenamiento, la misma carrera. Llevo varios días sintiendo las mismas sensaciones. No siento el dolor del esfuerzo, no noto el cansancio, creo que estoy en plena forma. Alguien, en una maratón, me dijo una vez que si notabas algo parecido a esto es que quizás estuvieras muerto. Pero no, lo que pasa es que mi pulsómetro se debe haber averiado.



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