Welcome to the Inopia.

Más allá de Orión, la Puerta de Tanhauser, los Cerros de Úbeda, la cara oculta de la luna, Babia y más lejos todavía de donde Cristo perdió el gorro andan a la deriva, o más bien naufragan, mis pensamientos y reflexiones sobre las más que recalentada realidad que nos abrasa todos los días. Por eso, cuando todo se emborrona y pareciera que nada tiene sentido, me exilio en la Inopia, lugar donde encuentro el hilo de Ariadna al que agarrarme si quiero encontrar la salida del laberinto.


Sitio desnuclearizado

martes, 22 de marzo de 2011

Historia de un calvo peludo.

 

Este relato lo escribí hace más de un año para un certamen convocado por una multinacional de la depilación, cuya trama debía versar sobre esta estética tan sufrida y tan de moda en nuestros días. Evidentemente no ganó, pero ojeando cosas escritas hace tiempo he topado con el y como me sigue pareciendo gracioso, aquí lo dejo:

Ahora que me veo frente al espejo y contemplo al tipo que me mira no puedo creer que seamos los mismos. Sí, es cierto, seguimos siendo calvos, pero algo ha cambiado entre nosotros. Ya no siento cierta repulsa que me hacía apartar la mirada hacia otro lado en esos momentos en los que se necesita irremediablemente utilizarlo en tareas tan cotidianas como el afeitado. Cosa que solía traer consecuencias bastantes trágicas pues suelo afeitarme con cuchilla.

Pero no crean que ha sido fácil llegar a esta idílica situación, ni mucho menos, lo nuestro sería impensable hace tan solo unos meses. El Paco del espejo y el Paco de carne y hueso fueron una pareja muy mal aguerrida, cuyas broncas cotidianas eran conocidas por todos los miembros de la familia. De hecho, mi mujer llegó a pensar que me faltaba algún tornillo e incluso llegó a aconsejarme unos días de descanso y meditación a solas…

La historia de esta tardía reconciliación se remonta allá por mi lejana adolescencia, cuando en la misma proporción en la que me iban saliendo granos en las más puñeteras partes de mi rostro se iban cayendo pelos de mi cabeza. Nunca entendí este peaje: pasar de la adolescencia a la juventud con la tortura añadida a la voz de gallo, de los granos, de la total incomprensión del mundo mundial y del despertar sexual (entre otras) de empezar, también, a perder pelo de la cabeza y más cuando tus colegas heavies lucían orgullosos sendas melenas. A partir de aquí mi testa se fue despoblando a igual velocidad que iba tomando sitio en otras partes de mi cuerpo ingentes cantidades de rebelde pelaje – o vello, si bien nunca me gustó esta palabra, ya que de bello no tiene nada-.

Así, mi espalda se iba pareciendo más a la de un orangután, mi pecho al de un chimpancé, mi piernas a las de un gorila y mi cabeza… mi cabeza, limpia y reluciente cual testa de cualquiera de esos insignes calvos famosos, que no dudé en listar y colocar sus fotografías formando un magnífico collage junto a un póster de Yul Breiner, calvo entre todos los calvos. Y allí fueron añadiéndose hasta mi madurez las fotos de otros calvos famosos como Kojac, el calvo del atún Calvo, el calvo de Telecinco (ahora en la sexta, aunque siempre será para mí el calvo de Telecinco) y ese otro calvo que ya ha pasado a ser icono de la calvicie, me refiero al Calvo de la Lotería (tristemente sustituido por un perro peludo). Esto, aunque pudiera parecer gracioso tenía la honrosa misión de intentar elevar mi autoestima y lucir con la mayor serenidad posible mi más absoluta calvicie.

Pero si bien pude superar el tener despejada mi cabeza de la nunca a la frente no conseguía quitarme ciertos complejos añadidos de mi otro “problema” relacionado con todo lo contrario. Y es que tener tanto pelo en el resto del cuerpo empezó a ser un problema desde que de joven no me quedaba otro remedio que lucir palmito peludo en piscinas y playas. Y digo esto porque hasta el aplicarme crema bronceadora era un problema con tanto pelo. No digamos de las miradas del resto del personal. En aquellos inolvidables momentos no dejaba de pensar en mis compadres, los orangutanes de los zoos, allí acurrucados en sus jaulas a expensas de las miradas presas de asombro de niños y mayores.

Todo cambió cuando animado por un compañero de trabajo, no sin muchas reticencias, me inscribí en un gimnasio de musculación, o en su versión más moderna, salón de fitness. La verdad es que estaba llegando a ese punto de la madurez cercano a los cuarenta años en los que la inactividad se comienza a notar en forma de cúmulos de carne sebosa que, destacando sobre todo en aquella parte del cuerpo que se encuentra a la altura del ombligo, van apareciendo sin que apenas podamos hacer nada por impedirlo si no cogemos el toro por los cuernos y nos enfrascamos en la operación “berenjena”. Parte importante del triunfo o no de esta operación corresponde a la predisposición deportiva que tengamos. Y es ahí donde entró mi inscripción gimnástica.

Nunca podré olvidar mi primer día. Rodeado de robustos y esbeltos monitores de ambos sexos con ropa ajustadísima y marcando cachas, –imagino que para que nadie olvidase para que estábamos allí- no pude centrarme en otra cosa más que en las piernas, pechos y espaldas depiladas tanto de los monitores como de la mayor parte de los usuarios. Me corroía la envidia al contemplar aquel espectáculo de masa muscular envuelta en sudor pero limpia de pelos. Tampoco será fácil olvidar, supongo, para los que allí se encontraban mi primera entrada triunfal en el gimnasio: bermudas playeros, chanclas y camiseta estampada con esa cara internacionalmente conocida con el rótulo de “be happy”. Invitados al festín de miradas y medias sonrisas estaban, obviamente, mi inseparable masa forestal velluda, que asomaba indiferente por piernas, brazos y comienzo del cuello. “Tierra trágame” pensaba en esos momentos, pero haciendo acopio de voluntad y serenidad inquebrantable me dispuse a realizar los ejercicios de la tabla que muy amablemente me entrego a mi llegada uno de los monitores.

Cuando llegué a casa me encerré bajo siete llaves en el cuarto de baño. Allí busque hasta encontrar el “kit de depilación” de mi santa esposa. No podía permitir ni un día más ser orangután entre tanto delfín. Lo que no podía imaginar es que doliera tanto. Sentado en el borde de la bañera con las piernas hacia dentro procedí a la voz de “¡Ánimo valiente!” a tirar de una vez y sin reparos de las tiras adhesivas colocadas estratégicamente a lo largo de mis velludas piernas. “¡Qué dolor, Dios!” y cuanto sufrimiento, pensaba para mis adentros, el que soportan las mujeres en pos de no tener pelo declarado en rebeldía que las menoscabe su innata y natural belleza. Las lágrimas escurrían por mis mejillas cuando, ahogando los gritos de dolor mordiendo una toalla, procedía sin prisa pero sin pausa a arrancarme todos y cada uno de los malditos pelos. Pero si esto estaba siendo una tortura china no podía imaginarme lo que sería utilizar el mismo procedimiento en el pecho y la espalda. Menos mal que no necesitaba de ingles brasileñas… ¡Dios qué dolor!....

Cuando mi mujer me vio salir del baño con la cara compungida y las piernas rojas como tomates, no pudo evitar echarse a reír. Maldita la gracia que me hacía, aun comprendiendo que en su caso yo también me destornillaría.

-Pero hombre de Dios porque no me dijiste nada…jajajajajaja… hay otros métodos menos dolorosos…jajajajaja.

Sin dejar de reír me introdujo con sabios consejos en el mundo de la depilación. Me informó sobre los distintos métodos que existen para depilarse en casa, desde la cuchilla de afeitar pasando por las espumas y cremas depilatorias hasta llegar al método entre los métodos: ¡la depilación láser! Aunque esté método lo desestimé por el momento, ya que prefería intentarlo primeramente con métodos, digamos, más caseros.

Para la espalda y pecho utilicé la cuchilla. Embadurnado en crema de afeitar me dispuse a dejar con la misma suavidad que habían quedado las piernas estas sufridas partes de mi cuerpo. Para el pecho no hubo problemas, lo peor vino con la espalda pues no sabía muy bien cómo llegar a todos sus rincones. Mil posturas fueron necesarias y ni aún así pude acabar con todos los malditos pelos. Menos mal que cerca estaba mi mujer a quien, aún costándome aceptar su ayuda, no me quedó más remedio que agradecerla.

Por fin estaba depilado de cuerpo entero. Calvo de la cabeza a los pies. Desnudo frente al espejo observaba con una mezcla de extrañeza y satisfacción al hombre nuevo que me devolvía el reflejo. Pero claro, y como más tarde me diría mi santa esposa con ese “¡ya te lo decía yo Paco!” lo peor estaba por llegar. Al cabo de unos días tuve que bajar una noche a buscar una farmacia de guardia para que me vendieran algún remedio que me aliviara del insoportable picor que sentía por todo el cuerpo. Los pelos rasurados crecían como agujas hacia dentro. “¡Madre mía qué picor!” Y otra vez volvía a escuchar ese “ya te lo decía yo Paco”. ¿Por qué no le haría caso desde el principio? Cómo somos los hombres dirán casi todas las mujeres…

Después de tanto sufrimiento solo había conseguido estar suave como la piel de un culito de bebé no más de dos días. Mi moral que siempre había estado a la altura del Alcoyano ahora se situaba al mismo nivel del dedo meñique de mi pie derecho. Pero no estaba a dispuesto a sufrir tanto para recibir tan poco y durante tan poco tiempo. Me encontraba a punto de tirar la toalla contra el espejo cuando cayó en mis manos un folleto publicitario sobre depilación láser que, seguramente, muy sabiamente habría dejado caer mi esposa por allí como si por arte de magia se tratara. Cómo son las mujeres pensaremos casi todos los hombres ¿verdad? Dejé la toalla en su sitio para leer atentamente las distintas soluciones que había para cada caso. Aquello fue como ver las puertas del cielo abiertas de par en par. Por fin una solución definitiva que pusiera fin a mis penurias estéticas ¡y sin dolor!

Tras varias sesiones terminé con un problema y encontré la llave que me abriría de nuevo las puertas de la autoestima perdida, del reencuentro con mi otro yo sin pelo, pero feliz. Calvo de la cabeza a los pies. Ahora sería la envidia del salón de fitness.

Ahora somos dos, puesto que mi ahora es mi yo peludo el que de vez en cuando se presenta ante mí como un fantasma, pero estoy, como diría San Agustín, en los dos por completo y, esto lo digo yo: feliz.

domingo, 13 de marzo de 2011

Más microrelatos.

EL ESPEJO.

Cuando se levantó aquella mañana lo primero que hizo, como siempre, fue comprobar que efectivamente el suelo seguía bajo sus pies. Una vez hecho esto y después de estirar su cuerpo se dirigió hacia el baño. Ante el espejo su otro yo le miraba con un gesto que él interpretó como retador ¿A cuento de qué aquél tipo le retaba? ¿Y si ambos eran la misma persona, cómo podía retarse a sí mismo? Al terminar con todas aquellas preguntas estúpidas que le venían a la cabeza, y con cierto tono de superioridad, se atrevió por fin a decir lo siguiente:

-Aunque seas más guapo, más listo y hasta más fuerte que yo sigues siendo igual de viejo. Pero lo mejor es que la mujer que deseas y que duerme plácidamente en la habitación de al lado nunca lo hará contigo.

Una vez más volvió a llenarse de autoestima.



EL PERRO.

Miró a su perro y, una vez más, volvió a sorprenderse. Siempre pensó que a aquél animal solo le faltaba la cualidad del lenguaje, el humano, por supuesto. Su mirada, sus gestos, sus movimientos de cola, sus ladridos, todo el compendio de medios para intentar comunicarse que utilizaba su perro le maravillaba aunque no llegaba nunca a comprender.

El perro, como en otras ocasiones, parecía querer decirle algo, pero como siempre ni con miradas de profundidad inigualable, ni con movimientos de cola y ladridos de lo más elocuentes, parecía encontrar la manera de ser entendido. A pesar de todo el esfuerzo su dueño seguía con la perplejidad de costumbre.

 Así pues, también como de costumbre, se dio media vuelta y optó por tumbarse resignado en el lugar de siempre, comprobando por enésima vez cómo su dueño seguía siendo tan humano como el resto.


ZAPPING.

Recostado sobre el respaldo del sofá pasaba sobre una cadena tras otra con el mando del televisor empuñado en su mano derecha. Imagen tras imagen los programas televisivos aparecían y desaparecían fugaces ante su mirada. Ahora hacia delante, ahora hacia atrás, repetía y repetía la misma operación sin dejar sintonizado un canal determinado. Su mujer, sentada junto a él, empezaba a irritarse. Contemplaba la escena atónita sin saber muy bien si su marido se había vuelto loco o es que a lo mejor le había dado un tic nervioso en su mano y por eso no podía dejar de cambiar de canal.

Cuando la mujer comenzó a notar que aquello no era normal y que su marido parecía haber perdido la razón desenchufó de un tirón el cable que alimentaba el dichoso aparato diabólico, pues parecía querer apoderarse de su marido. Y aún así, con la pantalla totalmente en negro su marido seguía erre que erre dándole al zapping. Fue entonces cuando la mujer le arrebató el mando a distancia y lo arrojó por la ventana. El marido se levantó, se estiró y dándole las buenas noches se marchó a la cama. Su mujer quedo atónita mirando como su esposo se marchaba como si no hubiera sucedido nada.


LAS LLAVES DEL PARAÍSO.


Vivo en el paraíso -pensó-. No puedo pedirle más a la vida. Me ha dado todo lo que podía esperar de ella y más. Soy feliz, inmensamente feliz. Soy la envidia del resto de los mortales, todos quisieran ser como yo. Bien parecido, joven, con estudios, rico, famoso, casado con una bella mujer. El resto de las mujeres también me desean, los hombres me envidian, mis empleados me veneran y soy como una especie de dios para ellos.

Mientras seguía con sus autoalabanzas se echó la mano al bolsillo. Su cara cambió por completo. De la serenidad pasó al nerviosismo. Su preocupación se hacía cada vez más evidente. En la sala de dirección que presidía, sus directivos miraban con gesto de extrañeza y preocupación la escena que tenían ante sus atónitos ojos. No comprendían que le estaba pasando a su admirado y venerado director general.

Mientras tanto, el hombre feliz siguió buscando y buscando en cada uno de los bolsillos de su impecable traje de diseño. Cuando la desesperación dejó paso a la aceptación de los hechos, su garganta expulsó un grito de angustia: ¡He perdido las llaves, las llaves del Paraíso!

viernes, 11 de marzo de 2011

Últimas noticias.


En esta playa en la que me encuentro bañada por la procelosa mar de las ondas cibernéticas no dejan de llegar noticias descifradas de su primigenia naturaleza binaria. Llegan hasta mí como botellas con mensaje, dejándose arrastrar por la corriente hasta desembocar en la pantalla de mi PC. Escojo solo unos pocos, ya que es tal la cantidad de botellas con mensaje que me sería difícil plasmar todo lo que cuentan.

Leo:

“El papa afirma que Cristo fundó la separación entre política y religión”. Quedo noqueado ante tal afirmación ¿Acaso los seguidores del cristianismo no han hecho otra cosa más que política desde la fundación de su Iglesia? ¿Acaso no ha sido hasta hace relativamente poco tiempo cuando Iglesia y Estado se han desvinculado (aunque no del todo)? Visto lo escrito por su Santidad no es que hayan hecho mucho caso a la figura más representativa del cristianismo, o sea sé Cristo. Pero ahí no queda la cosa, el papa sigue con su libre interpretación de la historia del cristianismo asegurando que “solo la verdad puede llevar a la liberación del ser humano y que las grandes dictaduras únicamente viven gracias a la mentira ideológica”. Y ahí es cuando de verdad lo clava, pues tengo que reconocer que este papa, al margen del temor que me sigue infundiendo su careto, me cae bien. La afirmación de que “su verdad” nos hará libres es el mensaje que ha venido manteniendo la Iglesia católica durante los siglos de los siglos (amén), aunque todavía seguimos esperando esa "verdad" que nos haga libres del todo, pero su tesis sobre la perduración de las dictaduras en el tiempo es donde verdaderamente se “sale”. Decir que su sustento vital es la “mentira ideológica” es reconocer por fin, y nada menos que por su máximo mandatario, que la dictadura de la Iglesia no ha hecho otra cosa que mentir a sus seguidores. Lo dicho, este papa es la “caña”.

Sigo leyendo:

“La UE quiere prejubilar el estrés laboral” (público.es, 10-03-11). Pues ya puestos podrían prejubilar también la corrupción, los altísimos sueldos, el absentismo injustificado y la falta de preparación de muchas de sus señorías. Y puestos también a prejubilar porque no prejubilan también la desigualdad, la pobreza, el hambre, la injusticia el machaque constante y premeditado al medio ambiente, etc.… Seguro que si quieren, pueden.

Todavía hay más:

“La policía investiga en el convento de monjas de clausura Santa Lucía de Zaragoza el presunto robo de un millón y medio de euros, que la comunidad cisterciense guardaba en efectivo en el cenobio, situado en el barrio de Casablanca de la capital aragonesa”. Nada más y nada menos que 1,5 millones de euros en metálico, en bolsas de basura, en una especie de armario y en billetes de 500. Joder con las monjas. Pensaba que el voto de pobreza y austeridad formaba parte de estos lugares de recogimiento espiritual y rezo, y no que algunos conventos se dedicaban a la ocultación de ingresos, a su necesario, por lo tanto, blanqueo y la correspondiente estafa a Hacienda. Debe ser que Hacienda somos todos menos Dios y sus servidores/as. ¿Qué pensarían hacer con tanta pasta? ¿entregarla a los “pobres”, comprar décimos de lotería premiados, pasar de los “sorcitroen” a los mercedes, instalar jacuzzis en sus celdas?

Y eso no es todo:

“Tras la recesión ha venido un año de récord de multimillonarios” (público.es 10-03-11). Al parecer la revista Forbes ha contabilizado 1.210 personas con un patrimonio superior a los mil millones de dólares. Siendo la fortuna media de estos “seres tan especiales” de 3.700 millones de dólares, 200 millones más que en 2010 y 700 millones más que en 2009. El monto total de las fortunas, según Forbes, es de 4,5 billones de dólares, todo un récord respecto a años anteriores. Crisis what crisis? Será para algunos/as, como siempre, para qué nos vamos a engañar. Cuantos más pobres más ricos, la infame ecuación nunca falla. O como dice el refrán: “en río revuelto ganancia de pescadores”.

Y También:

“Zapatero defiende ante el Eurogrupo alinear salarios y productividad” (elpais.com 11-03-11). Esto sería una buena medida si se empezase a aplicar a parlamentarios, autonomoparlamenatarios, europarlamentarios, ministros, concejales, directores, subdirectores y cargos de confianza varios. Es decir, el que no cumpla con los compromisos adheridos a su cargo ni trabaje las horas necesarias para el cumplimiento de dichos objetivos que vea como disminuye su salario de manera proporcional a su incompetencia, pues no hay nada como dar ejemplo.

Y para finalizar:

“El consejero de Transportes de la comunidad de Madrid ha dicho que el metrobús no existe” (elpais.com 11-03-11). Me sumo a los miles de internautas que han bombardeado la red contestando al señor consejero: “El metrobús no existe son los padres”.

Dejo de descorchar botellas y descifrar mensajes. La recalentada actualidad me está quemando una vez más...

domingo, 6 de marzo de 2011

Verano. John Maxwell Coetzee.

Acabo de terminar Verano, la tercera y última hasta la fecha novela utobiográfica del escritor sudafricano y premio Nobel de literatura John Maxwell Coetzee. Anteriormente había leído Desgracia, siendo esta novela la que me "enganchó" a seguir con la lectura de este magnífico escritor, por lo que no tardaré mucho en proseguir con el resto de la obra creativa de Coetzee. 

En Verano, a diferencia de las anteriores entregas del proyecto autobiográfico Escenas de una vida de provincias, Infancia y Juventud,  (las cuales aunque he leído sobre ellas no he tenido todavía la oportunidad de leer al completo) Coetzee sigue con la reconstrucción de su biografía con las opiniones de cinco personas que lo conocieron durante aquellos años, cuatro de ellas mujeres con las que tuvo relaciones. Para construir la trama imagina que está muerto y que un biógrafo está tratando de retratar cómo era su vida en la época en la que escribió sus dos primeros libros, Tierras de Poniente y En medio de ninguna parte, entre 1971 y 1977. El biógrafo tiene que trabajar con sólo unos fragmentos de memorias; algunos que quizá no son fiables. De modo que parte en busca de personas que conocieron a Coetzee en aquellos años para entrevistarlos. La mayor parte de la novela consiste en las transcripciones de dichas entrevistas.

Es esta, pues, una novela camuflada de autobiografía o autobiografía camuflada de novela se nos propone un excelente ejercicio literario y, a la vez, un juego divertido. A partir del proyecto que prepara un periodista para elaborar la biografía de Coetzee al poco tiempo de su muerte, se nos va mostrando por medios de una selección de entrevistas a cinco personas que conocieron al famoso difunto escritor las opiniones y las anécdotas vividas. Así el periodista entrevista a una amante que tuvo, Julia, que no tiene muy buena opinión de él: “Dos autómatas inescrutables, cada uno de los cuales mantiene un inescrutable comercio con el cuerpo del otro: así me sentía en la cama con John. Dos empresas independientes en marcha, la suya y la mía. No puedo decir cómo era su empresa conmigo, pues me resultaba opaca. Pero para resumir: el sexo con él carecía por completo de emoción”. La siguiente en entrevistar es a suprima Margot: “¿Por qué será que el cuerpo de su primo no la calienta? No solo no la calienta, sino que cree extraerle su propio calor corporal. ¿Es por naturaleza incapaz de emitir calor como es asexuado?”. Entrevista a una brasileña emigrante en Sudáfrica, profesora de baile latino, Adriana, cuya hija lo tiene como profesor de inglés: “Pero le faltaba una cualidad que una mujer busca en un hombre, una cualidad de fuerza, de virilidad; No, no era neutro, solitario. No estaba hecho para la vida conyugal (…) ¿Cree que debería sentirme halagada porque quiere que aparezca en su libro como la amante de Coetzee? Se equivoca. Para mi ese hombre no era un escritor famoso, no era más que un profesor y, además, un profesor sin título” El siguiente es Martin, profesor con el que compitió y perdió, por una plaza de enseñante. Termina con Sophie, la amante que resulta más comprensiva con el nobel sudafricano.

A partir de los relatos de los entrevistados Coetzee organiza una mirada cargada de cruel humor autocritico sobre sí mismo, además de ir dejando sobre algunas de las páginas el más sincero y ácido análisis de su país, el apartheid, el desarraigo de sus habitantes que, por mucho que se reclamen hijos de esa tierra, nunca lo serán. Otro de los aspectos importantes en los Coetzee fija su análisis son la gente común, como su padre y de la relación con él, algo que parece obsesionarle: “No, claro que John no quería a su padre, no quería a nadie, no estaba hecho para amar. Pero tenía un sentimiento de culpa con respecto a su padre. Se sentía culpable y, en consecuencia, cumplía con su deber”. Tampoco escapa de su despiadado juicio él mismo, pasando por alto su faceta literaria para centrarse en un tipo paleto, soso, poco atractivo para las mujeres, de escasas palabras y tan vulgar y simple en lo humano como cualquiera de los habitantes de Ciudad del Cabo.

Por tanto estamos ante una original y sorprendente autobiografía de uno de los escritores más importantes de nuestro tiempo que desmitifica el rol de escritor de exito descendiéndolo a la tierra. La árida y dolorida tierra de Sudáfrica. Un cambio de registro en uno de los autores que, según todos los críticos, mejor han sabido plasmar la soledad, el dolor y la amargura del ser humano donde un espléndido Coetzee se rié de sí mismo aunque deslice, a través de ese género literario que es la falsa entrevista, pensamientos demoledores sobre él su familia y su tierra: “Teníamos un derecho abstracto a estar allí, un derecho de nacimiento, pero la base de ese derecho era fraudulenta. Nuestra presencia se cimentaba en un delito, el de la conquista colonial, perpetuado por el apartheid. Nos considerábamos transeúntes, residentes temporales, y en ese sentido sin hogar, sin patria”. Pura declaración de principios coetzianos.

Por tanto estamos ante una magnífica novela autobiográfica de ficción que recomiendo fervorosamente.

lunes, 28 de febrero de 2011

Dos microrelatos.


CUANDO LA SUERTE ESTÁ ECHADA.



Jugarse la vida a cara o cruz es como desafiar a la ruleta rusa pero sin pistola. Da igual el método: lanzar una moneda al aire, tirar los dados, echar las cartas, jugar a los chinos… Si la partida es humana quedarás en manos del azar. Cincuenta por ciento de probabilidades a favor, cincuenta en contra. Pura ley matemática de probabilidades. Pero cuando crees que por usar otro método confiándoselo todo a las leyes de Murphy, la suerte va a estar de tu lado, también te equivocas: lanzar una tostada al aire creyendo que caerá por el lado de la mantequilla es una buena jugada siempre y cuando el contrincante no sea el mismísimo Dios.



ÚLTIMO DESEO.


La situación era bastante difícil. Que te pillen con la mujer de otro en la cama, y que ese otro lleve una pistola con la que te apunta a la cabeza, no deja muchas salidas. Salvo si te conceden un último deseo antes de morir. No sé muy bien a que vino tamaña estupidez, pero lo cierto es que allí estaba, en pelotas, junto a la mujer de otro, en aptitud “poco decorosa” y con el cañón de un revólver pegado a mi sien pensando en cuál sería mi último deseo.

 No lo dudé mucho no fuera a arrepentirse mi accidental verdugo. Así pues, confirmando antes, aunque fuera llamémoslo así poco elegante mi petición, si sería concedida, le pedí a mi verdugo que no fuera yo el ajusticiado si no su mujer. Tras dudar unos segundos, el pistolero disparó primero a su mujer y luego a mí. Preguntado antes de viajar al otro mundo el por qué no se me concedió el deseo, la respuesta fue rápida y sencilla:

-También le pregunté a mi mujer y me pidió que el ajusticiado fueras tú. No me quedó más remedio que mataros a los dos-.


viernes, 25 de febrero de 2011

El estado cuida de nuestra salud.



Al parecer, el ministerio de sanidad en su empeño de cuidar de nuestra salud a golpe de decreto, pretende advertir en las etiquetas de las botellas de contenido “espirituoso”, o lo que es lo mismo de “priva” o “bebercio” con graduación alcohólica, que su consumo sin “moderación” trae consigo riesgos para la salud: “El etiquetado de las bebidas alcohólicas debería indicar que su venta está prohibida a los menores y alertar de los riesgos que conlleva beber sin mesura. Esta es la postura de los diputados y senadores de la Comisión Mixta para el Estudio del Problema de las Drogas, que pidieron ayer a las administraciones que pongan en marcha esta medida” (edición digital 25-02-11 Público.es).

Y digo yo, ¿por qué siguiendo con esta preocupación de sus señorías por salvaguardar la salud de sus votantes no se propone también etiquetar otro tipo de objetos de consumo pernicioso para la misma? Pongamos algunos ejemplos:

Los vehículos de uso privado podrían llevar un letrero que diga “las autoridades sanitarias advierten de que el humo de los coches mata mucho más que el de los cigarrillos”, pues según datos de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica mueren en Europa entre 11.000 y 16.000 personas por culpa de los gases nocivos que desprenden los tubos de escape de los coches. Además, las partículas en suspensión son responsables de patologías respiratorias, alergias, enfermedades respiratorias en niños, pérdida de función pulmonar e incluso cáncer de pulmón. Aún así se sigue favoreciendo su uso en vez de limitarlo o directamente prohibirlo. Paradojas políticas de la vida.

Y puestos a etiquetar se podrían poner mensajes de advertencia en todos los edificios donde se ejerza algún tipo de poder político (ministerios, ayuntamientos, concejalías, residencias presidenciales, parlamentos, etc.) que éste corrompe, de alguna manera, a todos aquellos que lo ejercen y que su abuso produce efectos perniciosos en la población, produciendo más adicción que el mismísimo alcohol y tabaco juntos.

Y en las urnas ¿no deberían advertir a los votantes de lo peligroso que resulta votar a ciertos personajes expuestos en las papeletas de voto? O también en los televisores advertir con el siguiente mensaje: “¡Cuidado, el visionado de ciertos programas y cadenas idiotiza y disminuye la capacidad de pensar!”En fin, se podría ampliar la lista hasta un número indeterminado de advertencias perjudiciales tanto para la salud física como mental de la población, dejaré por tanto en manos de vuestra imaginación la ampliación de la misma.

jueves, 24 de febrero de 2011

24, febrero de 2011.

AL FINAL.

Anochece en los confines de tu cuerpo.
Atravieso entonces la frontera que,
invisible pero latente,
me recuerda que soy afortunado
de tenerte en los instantes sublimes
en los que tu otro yo transita
por paraísos perdidos
en los que trato de recuperarte.

Mientras,
ninguna otra cosa acontece.
El tiempo se detiene abstracto,
sucumbe ante lo irremediable.
Porque de ser cierto este instante infinito
no existe más dimensión
que la de tu cuerpo y el mío
enlazados en un inquebrantable y agónico nudo.

Al final,
tu espalda toma presencia definitiva,
aunque mis manos todavía dibujan
geometrías inexactas en la oscuridad
que envuelve tu cuerpo celoso
de mostrar más allá de ese espacio
inacabado que se esconde profundo,
misterioso, convulso y carnal
en cada una de tus curvas.

Mi respiración me delata.
Agotado, exhausto pero complacido,
me vuelvo a anudar en tu costado
esperando impaciente volver a naufragar
en tus adentros.

domingo, 20 de febrero de 2011

La entrevista.


En las múltiples entrevistas que había tenido hasta la fecha nunca se había encontrado con la embarazosa situación presente. Cuando entró en aquel despacho con la templanza y el saber estar que dota a todo aquel que ha pasado por este trance en más de una ocasión, esperaba que los acontecimientos se desarrollaran de una manera bien distinta. Había calculado y estudiado cualquier pormenor que le pudiera pillar de imprevisto. Tenía bien aprendido el papel de entrevistado mayor de 40 años demandante de empleo. Su trayectoria laboral le otorgaba un bagaje profesional que le hacía no inquietarse lo más mínimo ante cualquier pregunta relacionada con su profesión con la que le intentaran sorprender, pero aún así se había estado informando de los últimos avances del gremio además de repasar las cuestiones más importantes en el actual desarrollo de su profesión. Su aspecto también había sido cuidado hasta el más mínimo detalle. Ni demasiado elegante, no fuera a parecer el entrevistador, ni demasiado desenfadado o con ropa en desacorde a su edad. Todo en su justo término. La noche anterior había intentado dormir bien para mantener la mente despejada, libre de toda preocupación que no fuera el lógico pero moderado nerviosismo que antecede a la posibilidad de por fin encontrar un trabajo. Por la mañana y al salir de casa y disponer de bastante tiempo antes de llegar al lugar de la cita, optó por ir en transporte público y caminar para templar, más si cabe, los posibles nervios que pudieran quedar sin control. Además, esto le ayudaría a estudiar los distintos escenarios posibles con los que se podría encontrar. Nadie podría decir que no se había preparado a conciencia, por lo que si aquel puesto de trabajo no era suyo no sería por falta de seriedad y buen hacer por su parte.

Pero allí estaba, en un escenario para nada previsto por más que hubiera estudiado y ensayado mil y una formas posibles. Porque por más que hubiera querido aquello era imposible de prever. No daba crédito ante aquella situación de lo más surrealista, imprevisible, ridícula pero sobre todo cruel. No encontraba palabras para hacerse una idea mental rápida que le permitiera salir de aquel embrollo sin recurrir a otros métodos menos ortodoxos. Y mira que él era rápido de pensamiento y de acción, pero aquello le estaba superando por completo. Hasta por un instante cerró los ojos, solo un segundo, tiempo suficiente para después, al abrirlos, que de la fugaz oscuridad volviera el orden. Que todo aquello no fuera real si no un sueño, o más bien una pesadilla. Pero no fue así, cuando volvió a abrir los ojos delante de él seguía la misma escena con los mismos intérpretes. Él, parado demandante de empleo y su entrevistador, o jefe y además dueño de la empresa contratante. Entre ambos una mesa de despacho color caoba. Su entrevistador sentado sin todavía mirarle. Él de pie no dando crédito a lo que estaba viendo.

La vida es un continuo movimiento de causas y efectos, ya saben aquello de que no hay acción sin reacción. Y la vida le había llevado al paro durante ya más de un año, y la vida como hay que seguir viviéndola a pesar de todo, le había obligado a buscar un nuevo empleo y en su búsqueda desesperada le había llevado a encontrarse con quien nunca hubiera imaginado. Pero este no era el efecto lógico o por lo menos el deseado. No, esto tenía que ver más bien con un mal de ojo, o el colmo de la mala suerte y eso que nunca creyó en estas cosas.

Porque sí, la vida es muy caprichosa a veces. O si llamamos a las cosas por su nombre es muy cabrona. Pues quien le iba a decir que allí, en aquél despacho de aquél impecable y nuevo y altísimo edificio de oficinas iba a estar sentado detrás de la mesa de caoba, con el mismo peinado engominado hacia atrás, con la misma cara de hijo de su madre de siempre y con el mismo gesto de desprecio, el que un año y medio atrás le había dicho que esto se había acabado, que ya no había trabajo, que la culpa era de la incompetencia y la baja de productividad de todos los empleados, menos él, claro, él era el jefe y dueño de la empresa. Él no tenía culpa de nada. Y no tuvo más remedio que tragar saliva y marcharse junto al resto de los empleados a la calle o al paro, si queremos ser más suaves. Sin indemnización alguna, pues el muy cabrón se había declarado en ruina. Y un año y medio más tarde le encuentra en aquél despacho como ofertante de empleo, de una empresa dedicada a lo mismo que hacía 18 meses antes y que cerró, según el dueño, porque los empleados eran unos inútiles y porque se había acabado el trabajo.

Ahora ya no había manera de escapar de aquel escenario que tanto había preparado pero que tan de improviso le había pillado. El cabronazo que tenía enfrente y que no hace mucho había sido su jefe, su patrón, ni siquiera se había leído el currículo donde estaban sus datos. Si hubiera sido así no estaría en esta situación, pero no, como siempre lo hizo, los currículos eran filtrados por su secretaria que también despidió y era nueva, más joven, y seguro más complaciente.

Cuando levantó la vista de los papeles que manipulaba con los brazos apoyados en la mesa de caoba y le vio, su cara cambió por completo. Mitad sorpresa, mitad desprecio, su mirada se quedó clavada en aquel parado que buscaba empleo. Ambos mirándose, el uno enfrente del otro, el uno sentado, al otro ni siquiera le había dado tiempo sentarse. Los dos en silencio. Pero no tardará en romperse. El silencio es, en estos casos el preludio de la tormenta. Y vaya que la hubo. Pero no como se pudiera imaginar. Pues no se dirigieron palabra alguna. Nuestro hombre en paro sin mediar palabra se abalanzó sobre el que antes había sido su jefe y empresario y agarró su cuello hasta el desplome. De rodillas el uno con el cuello sujeto, de pie el otro apretando con sus dos manos. Pero la sangre no llegó al río porque nuestro hombre en paro no es hombre violento a pesar de que las circunstancias le hayan hecho perder la razón por un instante. Igual que se abalanzó sobre el empresario lo soltó de inmediato dejando de apretar el cuello que tenía sujeto con fuerza, quedándose inmóvil durante unos segundos. Mirando con mitad lástima y mitad desprecio a quien antes fue su jefe como lloraba clamando perdón. Y eso le bastó, ya no quería el empleo, ya solo quería marcharse de allí con la misma dignidad con la que entró.

domingo, 13 de febrero de 2011

Blues whitout Rhythm.




Aquella noche no estaba dispuesto a emborracharme en casa. Apurar hasta la última gota de bourbon envuelto en la amargura del abandonado no es la mejor opción. Sin duda alguna no había sido mi día, por lo que no estaba dispuesto a que tampoco fuera mi noche. Discutir airadamente con el jefe por enésima vez abría el camino del final del túnel. Nunca me gustó ese maldito trabajo de articulista de efemérides en un periodicucho local de mierda, por lo que la posibilidad del despido se encontraba más cerca de lo que nunca hubiera imaginado, cosa que no me importaría gran cosa si no fuera por la innumerables deudas contraídas y que, gracias al salario recibido, podía ir solventando poco a poco.

Pero no era eso lo que realmente me amargó el puto día. Fue telefonear a Mariela lo que colmó la gota que terminó por desbordar el vaso de mis escasas esperanzas de poder recuperarla. Todavía no sé porqué lo hice ¿o sí? Hacía más de un año que no sabía nada de ella y si embargo la llamé. Ya no había tiempo para el lamento lo hecho, hecho estaba.

Hubiera querido en ese momento agarrar de nuevo la botella de bourbon y pegarle un trago profundo que recorriera mi garganta como un tren descarrilado, pero esta vez sería en cualquier tugurio nocturno. Necesitaba aire y necesitaba la noche.

No hacía falta ser muy listo para darse cuenta que estaba sólo, tremendamente sólo. Como nunca lo había estado ni sentido antes. Pero no iba a echar de menos a Mariela. No, esta vez no. “Que la den” -pensé para mis adentros-. Hoy estaré a solas con mi soledad, si logro encontrarla. Porque hasta ella también me había abandonado. Sí, esa soledad que utilizamos y que llevamos sin su permiso pegada a nuestra espalda. Nunca por delante, siempre como sombra que se proyecta invisible hacia atrás. Y esta noche estaba decidido a salir en su captura. Necesitaba decirle cuatro cosas, pues no tenía a nadie más cerca con quien poder desahogarme y aunque me costara el alma la encontraría.  A mi querida amante ocasional, amiga del alma, siempre compañera. Maltratada a veces, amada otras, hasta que desaparece en silencio, delante de nuestros ojos, sin que nos demos cuenta. Aunque eso ocurra muy pocas veces. Yo, al menos, nunca conseguí quietármela del todo de mi lado. Estos días atrás la notaba rara y en mi conversaciones con ella nunca me atreví a preguntarle el por qué últimamente siempre estaba tan distante, salvo esta maldita noche, cuando más la necesitaba, cuando por fin iba a preguntarle el por qué de sus desprecios, me dejó con la palabra en la boca. Sólo una vez más, sin ni siquiera ella como única compañía.

Pero me había decidido a seguir su rastro y observarla sin que me viera, quizás así encontraría respuestas pues sería como la observación de uno mismo. Después de días, semanas, meses, e incluso siglos, hecho una piltrafa, me arreglé de una manera que no recordaba, para cuando la encontrase, invitarla a bailar y a un buen trago mientras le susurrara al oído algún verso de Benedetti, que la conmoviera hasta el punto de enamorarla perdidamente. Entonces nunca más estaría sólo. Mi soledad y yo unidos para siempre…

Antes de salir mi último pensamiento consciente fue para Mariela. La recordé caminando lentamente, como dando la sensación de haber hecho frente al insomnio con la luz encendida. Instantes antes se habría estado mirando a sí misma con los ojos de los otros, nunca los suyos. Llevaría puesta esa media sonrisa que hacía sonar levemente aquella melancólica música pegada a su boca. Y yo me preguntaba entonces, quien fue el hijo de su madre que la inculcó desde tan temprana edad que era pecado ser feliz. Te preguntabas a ti misma si la infelicidad te había hecho así o era tu instinto incontrolado de salir huyendo siempre que se te pudiera atisbar un leve reflejo de inusitada alegría. Pero aunque lo disimularas bien, creo que también a ti te afectaba la soledad. Y cuando, de repente, te percatabas de ello, ya no había tiempo de darle esquinazo. Entonces percibías que ya no eras la misma de antes. Cuanto más intentabas volver a tu estado inicial más te alejabas. Como imanes de polos con el mismo signo.

La noche se había echado sobre mis espaldas sin ninguna misericordia y allí estabas, poblando mi memoria a pesar de mis intentos por borrarte, con la musicalidad que produce tu melancólica sonrisa pegada a mis oídos. No tienes compasión Mariela. Ni siquiera cuando trato de olvidarte abandonas esa lacónica sonrisa que invade mi memoria y es, entonces, cuando recobro como una bofetada en la mejilla el recuerdo de nuestra última noche. Tu cuerpo y el mío desnudos, sin hablar, sin sentir, unidos con la única intención de llenar un espacio vacío. Unidos mediante palabras tatuadas en la piel, que vistas desde el aire no formarían ni una solo párrafo inteligible. Mensajes invisibles pero claros, al menos para ti y para mí. Me hubiera jugado hasta uno de mis brazos en ese momento, a que si aquellos dos cuerpos se llegasen a separar quedaría formado un corazón partido en dos. Y, recuerdo, me pregunté, con un sentimiento de orgullo adolescente, quien cuidaría de ti al día siguiente si yo no estaba. Ofuscado como un crío al que castigan sin postre, pasaron semanas sin que te volviera a ver. Evité atravesar calles por donde solías pasar, olvidándome, que el orgullo, tras cierto tiempo se transforma en silencio, y éste a su vez en soledad. Otra vez mi querida y amante soledad. Como ves tampoco a ti puedo olvidarte. Ni siquiera cuando hablo de Mariela.

Tu melancólica sonrisa, Mariela, sigue ronroneando en mis oídos como esa canción de adolescencia, que por mucho que la escuches, ya nunca más te vuelve a emocionar. Hoy es viernes, pero el color oscuro de tu voz susurrándome al oído que ya no me quieres, no deja claro si es lunes negro, martes marrón o jueves gris. Qué más da. ¿Acaso el tiempo importa cuando ya no existe nada que verdaderamente se desee que acontezca? El tiempo se hace dueño de todo cuanto deseamos y si el deseo se apaga qué más da la hora, el día, el mes o el año.

Después de aquella noche te arrojaste a la calle como un alma perdida que se lleva el diablo a pedirle cuentas al destino, a pedirle a la noche que te devolviera los sueños que los días te habían robado. A tratar de recuperar lo que creías era tuyo. Tu melancólica sonrisa volvió a inundarlo todo. En tu caminar, desprendías más vida que el resto de la gente a tu alrededor. Y eso que no había pasado ni media hora desde que nos hundimos en un estanque vacío lleno de sudor, sentimientos y lágrimas negras. En ese momento no fui capaz de darme cuenta que los colores, por muy oscuros que lleguen a ser, también brillan como diamantes. Diamantes brillaban sobre ti, como en la canción de Pink Floyd, “wish you where here" ¿te acuerdas? La escuchamos aquella última noche.

Y volviste a pasar del negro al azul. O al menos eso era lo que pensabas. El mañana esperaba paciente y volvió a por ti. Tanto volar para no llegar más allá del mismo sitio de siempre. Tanto mentirte a ti misma sin reconocer que te han vuelto a engañar aquellos a los que tú siempre diste tanto. Pero eso es otra historia. Tanto mirar a los lados como si alguien te persiguiese, como si hubiera alguien a quien no quisieras encontrar, quizás fuera yo, sí, seguro era yo. Huir sin mirar hacia atrás para evitar cualquier remordimiento que abriese alguna posibilidad de regreso.

En estos días inciertos parece que cualquier detalle del que se escape un mínimo de brillantez, hace que parezca verano en pleno invierno. En estos días en los que a mi corazón pareciera que estuviese a punto de apagársele lo poco de llama encendida que le queda, pero por el contrario es como si estuviese a punto de caer en un incendio incontrolable. Porque hoy es uno de esos días en los que el invierno no molesta en mi cama. ¿Será ésta mi metamorfosis definitiva? No lo sé. A lo mejor el alcohol me ayuda. Saqué hace mucho tiempo el ticket para la montaña rusa y todavía no me he apeado del todo. El vértigo se ha hecho amigo a fuerza de costumbre. Ya no me produce ninguna sensación de vacío en lo más profundo de mi estómago, aunque en la última de las bajadas, y a punto de descarrilar, mi corazón comparta sitio junto a esa entraña digestiva.

Vuelvo a la conversación telefónica con Mariela. Cuando colgué y me dijiste entre infinitud de improperios y palabras inútiles que “a pesar de todo nunca dejaré de quererte”, te imaginé en el último concierto al que asistimos juntos. Bailabas al son de “This magic moment” mientras Lou Reed desgarraba las cuerdas de la guitarra al mismo compás con el que arrancaba versos de su maltrecha garganta. El tiempo se paraba entonces, como se detiene ahora, con la diferencia de que en este preciso instante, además de pararse, se ahoga en el recuerdo empujado por un torbellino interminable hasta lo más profundo de los negros océanos que inundan mi memoria.

Aunque me has preguntado una y otra vez el porqué de mi llamada, no me he dignado a contestarte y eso te ha enfurecido aún más. Lo sé. Pero no he podido o no he querido decirte que ayer te vi, con la mirada difusa y más perdida que recuerdo haberte visto nunca, como si vivieras y soñaras mil vidas, mientras la tuya te pasara por delante sin percatarte de ello. En tu mano izquierda brillaba un anillo y sujeto con fuerza a ambas un carrito de bebé. Me di media vuelta sin que te dieras cuenta, aunque a veces dudo de que me vieras alguna vez. Me giré y quedé parado, en silencio, viendo cómo te alejabas despacio, hasta desaparecer a lo lejos, como una mancha en la nada.

Sí, esta noche he resuelto arrojarme a la calle, donde ahogaré mi existencia en alcohol y, una vez más, como un alma perdida que se lleva el diablo, saldré decidido a buscar mis sueños porque, aunque perdidos en mi memoria, estoy seguro de haberlos tenido alguna vez. A robarlos si fuera necesario. Sacaré un imaginario revolver del bolsillo de mi chaqueta y, una vez más, intentaré arrebatarle a la noche todo aquello que perdí, todo aquello que se me robó.

Y mi imaginación, a mi pesar, te recobrará de nuevo Mariela, tu recuerdo volará sobre alguna canción de Tom Waits.

“Baby I know

I'd be luckier to walk around everywhere I go

with this blind and broken heart

that sleeps beneath my lapel.

Still these blue valantine…”.

Al son de ese viejo blues, rodearé con mis brazos a mi querida, odiada y amada soledad e intentaré no volver a pensar en nada, ni siquiera en ti Mariela.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Comienza el espectáculo.


Se acercan unas nuevas elecciones, todo está preparado, los partidos políticos desengrasan su retórica para moldearla a los nuevos usos y costumbres, pues no está de más adaptarse a los nuevos tiempos que discurren a toda velocidad. Tanto redes sociales como foros de opinión han sido tomados al asalto para dejar plasmadas sus consignas, ocultas bajo el disfraz de anónimos opinadores, para de esta forma impregnar con sus mensajes todo cuanto pueda oler a posible captación de adeptos. Unos miran un poco más a la izquierda, otros un poco más a la derecha pero ambos (los dos partidos mayoritarios) focalizan todos sus recursos hacia el centro, lugar de encuentro común de ambas formas de hacer política. Esto cada vez provoca más que al personal votante le empiece a dar igual votar a uno que a otro.

Con todo esto de por medio, los ciudadanos asistimos, como viene ocurriendo cada vez que se avista en el horizonte unas elecciones, al levantamiento de una nueva carpa circense (aunque como en los circos de verdad sea la misma de siempre) y bajo ella tendremos las mismas, también, actuaciones estelares de siempre. Pero lo peor de tan esperpéntico espectáculo es la perplejidad con la que lo contemplamos. Porque una de las consecuencias más negativas que nos ha traído esta sociedad del bienestar en la que vivimos (para unos más que para otros), es un saldo de sociedades civiles inertes, carentes de toda esperanza y sumidas en un desasosiego más que preocupante.

Y como acompañamiento a toda esta farándula, contemplamos a diario en los medios la desvergüenza con la que toda la diversidad de chamanes que dirigen el sistema abusan sin escrúpulos de la mayoría de la población. Y son del todo reconocibles, pudimos verles fotografiados en el semanal de El País allá por el mes de noviembre pasado, y si la memoria no me falla ya antes se habían reunido con el presidente Zapatero entregándole un documento titulado “Transforma España”, donde se definía al ciudadano español como un mero y simple productor de valor económico (cosa que ya sabíamos pero nunca se había dicho con tanto descaro). Empresarios y magnates (*añadamos a esta última palabra una letra más alterando el orden y obtendremos la verdadera palabra que los identifica) en su mejor pose exponiendo su doctrina más radical, mientras impotentes ciudadanos y ciudadanas vencidos por la perplejidad e invadidos por un profundo sentimiento de desconcierto e indignación contenida asistimos a otra representación circense, previa a cualquiera de las elecciones que toque. Las próximas serán municipales y autonómicas, aunque los aparatos de los partidos escenificarán los papeles aprendidos de siempre, quedando el ciudadano en último término, porque lo que verdaderamente importa es el preciado botín en forma de voto.

Voto cuyo único objetivo es el de “que gane el mío”, o si no es el mío porque no soy de ninguno que gane, al menos, el menos malo o el que estaba, porque “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. A una gran parte de la población la verdad ha dejado de importarle. De hecho ha elegido no verla aunque se la pongan delante, si no le conviene. Vivimos cada vez más en un mundo en el que la gente se siente incómoda ante cualquier posibilidad de cambio, pues esto le genera dudas sobre la posibilidad de mantener su actual status aunque esté cada vez más empequeñecido y arrinconado. Aptitud más propia de niños y ancianos que niegan la realidad adversa y prefieren no enterarse de lo que pasa. Estrategia esta usada por los adultos para contentarlos y no darles disgustos, ocultando las malas noticias y engañándolos con “mentiras piadosas”. Y para los políticos no existe nada mejor ni más cómodo que esto: un electorado infantilizado, que no le importa que se le mienta. Pues en la mentira se sienten más a gusto y felices aunque sea a costa de perder más libertad.

Acomódense en sus butacas todos aquellos a los que todavía les queda un poco de sentido crítico, observen y rían por no llorar porque el espectáculo no ha hecho más que empezar –que por cierto cada vez empieza antes-.

*magnates=mangantes.